La cosa no es banal. La forma de nuestros excrementos es muy importante para la salud. Y así lo sabían los médicos de los antiguos emperadores chinos: el Señor del Cielo debía hacer sus reales necesidades en presencia de sus cuatro médicos, que examinaban sus reales excrementos para dictaminar como era su salud ese día y que debía comer y que debía evitar. El gran Paracelso también lo sabía cuando entró en la academia de medicina, donde se estaba discutiendo el origen de las enfermedades.

Ni corto ni perezoso plantó una bolsa con zurullos diciendo: “Tomad, aquí tenéis el origen de la enfermedad”, ante los remilgados ojos de los académicos. Toda madre sabe esto de pura intuición y por eso corre al pediatra cuando las cacas de su bebe son muy malolientes, pastosas o de colores extraños.

Una función intestinal sana dice muchas cosas sobre nosotros

Verdaderamente, hemos perdido la capacidad de observar nuestras heces. Simplemente nadie le da la importancia debida.  Como tengo mis años, recuerdo que cuando estudié semiología médica (ah, aquello de explorar y revisar a un enfermo para descubrir signos de enfermedad… que nostalgia…) recuerdo que había un capítulo que hablaba de los excrementos. A partir de esa época ya tan lejana… nunca más.

Y sin embargo es de la mayor importancia. Tanto que podríamos parafrasear: “Dime como cagas y te diré como eres”.  Porque en el intestino se producen numerosos neurotransmisores – aquellas sustancias que determinan nuestros estados de ánimo-.

Tal es así, que una persona estreñida, o que haga cacas como las de una cabra, seguramente tiene unos niveles bajos de serotonina y está irritable, deseosa de dulces y porquerías y con un ánimo por los suelos. La recomendación suele ser Prozac o algún otro por el estilo, que tienen la misión de evitar que se pierda la serotonina. Pero nadie le mira las cacas. Incluso, puede haber alteraciones de la dopamina o de la histamina, en exceso o en defecto. Y todo esto influirá en nuestro carácter y hasta en nuestra capacidad de motivarnos y concentrarnos.

Así que, prefiero dejaros con este repaso de lo que debería ser una buena caca, una caca sana:

  • Debe expulsarse sin esfuerzo
  • Debe hundirse (las cacas que flotan o que quedan manchando adheridas al váter pueden estar hablando de problemas biliares)
  • Debe tener un saludable olor a caca: el olor a podrido puede ser podrido en serio. Hay bacterias como el Clostridium que producen unas toxinas que se llaman cadaverina y putrescina. Juzguen ustedes por el nombre y no se equivocarán
  • Debe tener forma de churro, de un largo mediano y grosor mediano. Los que parecen un salami grueso o de una longitud interminable o casi un trabajo de parto  también están marcando alteraciones y deficiencias
  • Debe tener forma: esto es de churro. Las plastas blandas también indican problemas

Así que cuento todo esto, con un toque de humor, pero con toda la verdad. Una función intestinal sana dice muchas cosas, y unos excrementos patológicos dicen muchas cosas. A veces es un hecho puntual: no preocuparse. Hemos comido alimentos con una carga de histamina muy grande o nos hemos pasado con el vino… y enseguida se nota. Mientras sea esporádico y alguna vez, todo bien.

Asi que no cuesta nada que la próxima vez que vayamos al váter giremos la cabeza y miremos nuestras cacas. Es un gesto de salud, como lavarse los dientes.

Y para terminar los dejo con un poema de Cortázar, que siempre me gustó:

“No hay placer más exquisito
Que cagar bien despacito;
Ni placer más delicado
Que después de haber cagado”

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